Adán hubo de advertirlo.

-         Cada vez te distancias más de nosotros y de Yahvé – le reconvino-. Ten cuidado, Caín. Tus fuerzas no son bastantes para resistir la soledad. La soledad es el más terrible castigo.

Caín no pudo ocultarlo.

-         Es verdad – confesó-. No puedo sentirme ligado con quienes no saben ser justos, al no dar a cada uno, ni exigir para cada uno lo que por sus obras merece. Menos aún puedo unir mi suerte a la de quienes se complacen en dar gracias a quien los hizo infelices y desgraciados, víctimas de la injusticia, como si debiera agradecerse el mal que injustamente se hace o se recibe. Desde luego, no puedo elevar preces a quien, personalmente, me distingue con su saña. No le debo nada, sino ofensas, y sería hipócrita si obrase de otro modo. Ya tienes explicado por qué me siento cada vez más extraño entre vosotros y me aparto cada día más de Yahvé. Acabaré yéndome de vosotros y olvidándome de Yahvé.

Adán palideció.

-         No seas impío Caín – pronunció-. Nos debes la vida. Le debes la vida.

Caín aclaró:

-         Os debo el dolor de mi vida. Le debo el dolor de saber que sufro víctima de la injusticia. Me creo con derecho a pediros cuentas de lo que hicisteis conmigo. Tengo derecho a pedirle explicaciones del porqué de mi vida, de la vida de todos nosotros. ¿Para qué os creó? ¿Por qué permitió que yo naciera? ¿Por qué entre vuestra creación y mi nacimiento dispuso la tragicomedia del Paraíso? ¿Por qué se goza en conservar el Paraíso, si lo ha hecho inaccesible a nosotros?

Adán temblaba.
-         Tenle miedo, Caín; es el Supremo Juez. Puede quitarte la vida. Nosotros te la dimos por su gracia.

Caín insistió:
-         No tengo miedo a perder lo que tanto me atormenta. Si he de luchar y padecer para luego morir, sin obtener jamás la recompensa intuida, no vale la pena vivir. Si he de saber lo que es justo, y no he de verlo en mi torno, sino todo lo contrario, mejor sería morir.

Adán lloraba.
-         ¡Pobre Caín, hijo mío! Para ti no hay salvación, porque has perdido la inocencia y rebosas de la ciencia que nos dio el árbol maldito, ¡y la ciencia es dolor, y nada más que dolor!  Sólo la humildad podría salvarte; pero la humildad, que es inocencia, se abate ante el orgullo de la ciencia, y queda hecha trizas. ¡Yahvé tenga compasión de ti!


     Al separarse de su padre, Caín lloraba, pero estaba sereno. Ahora sabía lo que sentía, lo que le hacía extraño entre los suyos. Sentía odio. ¡Odio! Odio a la injusticia.
   Era el fruto del resentimiento, como éste lo era del fruto maldito del árbol de la ciencia del bien y del mal.



Caín es el primer hombre nacido de hombre y mujer, el primero que sigue, en su trayectoria vital, el camino de todos los hombres, de cualquier hombre: desde la cuna hasta la sepultura. Es el primero hombre que, en contradicción perenne, trabaja y lucha, delinque y crea. Es el padre, el antecesor de todos los hombres. El primer hombre con alma ambivalente: buena y mala. Es el iniciador, el creador de la cultura y de la civilización, el punto de arranque del progreso. Antes de él, nada: el hombre sólo tiene a Dios. Después de él, todo, lo de siempre: el hombre en su soledad, en lucha consigo mismo y con los elementos, olvidado de Dios o en lucha con Dios.
      Su vida viene a ser, pues, paradigma de todas las vidas. Su personalidad viene a ser paradigma del hombre, de todos los hombres. He aquí su drama, su gran drama: partió de un pasado, ajeno a su ser y a su voluntad, y hubo de laborarse un porvenir, fruto de su esfuerzo, de su propio ser. El pasado era la inocencia. El presente era la ciencia. El porvenir era la incertidumbre. ¡He aquí el drama: la incertidumbre, pese a la ciencia y al propio esfuerzo!