"Ningún camino lleva a ninguna parte, pero uno tiene corazón y el otro no. Uno hace gozoso el viaje; mientras lo sigas eres uno con él. El otro te hará maldecir tu vida. Uno te hace fuerte, el otro te debilita. (...) Para mí sólo recorrer los caminos que tienen corazón. Esos recorro, y la única prueba que vale es atravesar todo su largo. "








"Los que leen poesía la necesitan como drogadictos"

ELSA FERNÁNDEZ-SANTOS - Madrid - 29/04/2010


Francisco Brines (Valencia, 1932) se convirtió ayer en el XIX Premio Reina Sofía de Poesía, el más prestigioso entre los poetas iberoamericanos. El escritor se había dejado el móvil -acribillado por llamadas desde primera hora de la tarde- en Madrid y esperaba sentado, inalterable, con la misma calma reflexiva de sus versos, en la habitación de un hotel de Segovia para ofrecer un recital. "Leeré poemas de todas las épocas, algunos inéditos también", explicaba poco antes de la lectura. "Y haré algunas observaciones, porque la poesía educa nuestra sensibilidad y nuestra tolerancia".

"Cuando estamos pletóricos, no creamos; escribimos cuando no vivimos"

"Compongo poemas en el coche. Son muy cortos, porque es peligroso"

"La muerte siempre ha estado en mi obra, por mi amor a la vida"

"El poeta joven está cómodo con el poeta viejo y viceversa"

Enseguida queda claro que Brines es un pozo inagotable cuando se trata de hablar de su oficio, que es su vida. "La poesía nos enseña que no buscamos lo que somos", explica un autor que ha centrado su obra en el sentimiento de pérdida. "Pero no como algo negativo", advierte, "sino como una fuente de conocimiento y de amor".

"El lector de poesía no se busca a sí mismo sino que busca la verdad del otro", continúa. "Y esa es la verdadera tolerancia: que un creyente lea un poema agnóstico y se emocione de la misma manera que un agnóstico lee a san Juan de la Cruz crea o no en la mística. Gracias a la poesía, a su lectura intensa y verdadera, vivimos y sentimos vidas que de otra manera no podríamos vivir. Gracias a la poesía, siendo adolescentes podemos entender la vejez e incluso podemos volver a sentir el amor cuando ya no estamos enamorados. Es su milagro". Y su misterio, cabría añadir. Un misterio que para Brines difícilmente alcanza la novela, "que siempre tiene otras lecturas, lineales o invisibles". "Lo misterioso de la poesía es que tú la escribes pero tú no la eliges. Se apodera de ti. No sabes lo que vas a decir, sin embargo, sin saber lo que vas a decir pones o tachas. Es algo muy extraño, pero ocurre así".

El escritor asegura que desde su primer libro (Las brasas, premio Adonais en 1959) no ha dejado de escribir sobre lo mismo, porque el hombre, para él, es tiempo. Una coherencia que sitúa su obra, enmarcada en la generación de los 50, en un plano elegiaco que no siempre resulta idóneo para vencer el desafío de escribir. En 1987 escribió en otro de sus libros fundamentales, El otoño de las rosas: "Vives ya en la estación del tiempo rezagado: / lo has llamado el otoño de las rosas. / Aspíralas y enciéndete. Y escucha, / cuando el cielo se apague, el silencio del mundo".

Francisco Brines vive en un pueblo de Valencia. Allí escribe, solo. "Aunque también, y aunque parezca extraño y absurdo, escribo poemas en el coche. Poemas muy cortos, porque es peligroso".

"Cuando estamos pletóricos no escribimos", añade. "Escribimos cuando no vivimos. No queda otra, es una necesidad. No soy un poeta muy estimulado, desgraciadamente soy tacaño y sólo escribo cuando no hay más remedio. Pero cuando lo hago me siento muy pleno, muy realizado. Y además me sorprendo, porque me ayuda a encontrarme, soy yo, sin ninguna necesidad de dibujar un autorretrato".

"Siempre escribo sobre las mismas cosas pero no es lo mismo la nostalgia de un niño que la de un viejo. Desafortunadamente ya tengo poco del niño que fui, pero lo importante es la vida y sólo somos conscientes de ese don cuando nos lo quitan. Por eso la muerte siempre ha estado en mi obra, por mi amor a la vida". El escritor recuerda entonces el libro que recoge todos sus poemarios, Ensayo de una despedida, y justifica el título: "Me despido de una vida que no hemos realizado, ¿no es esa la grandeza del hombre y la del amor? ¿No nos hace afortunados el dolor de la pérdida?".

Entre los premios más importantes que ha recibido hasta ahora están el de las Letras Valencianas, el Nacional de Poesía y el Premio Nacional de las Letras Españolas. La poesía ocupa sus viajes (la semana pasada en el Museo de Oteiza en Pamplona, ayer en las jornadas de poesía de Caja Segovia y la próxima, en Oviedo) y sus amistades. "Los poetas solemos ser amigos, sin importarnos la diferencia de edad. El poeta joven está cómodo con el poeta viejo, y al revés. Por eso vivimos de cerca los cambios generacionales y por eso conocemos qué ocurre en la poesía. En España, además, siempre aparecen voces nuevas y uno se encuentra revistas de poesía en los lugares más insólitos. Y eso que la poesía tiene poca conversación. En ninguna sobremesa se habla de poesía, sólo de chismes de poesía. La poesía nos alimenta por dentro, en silencio, porque los que leen poesía la necesitan como unos drogadictos. Y por eso son lectores tan agradecidos, tan reales. Y eso es algo que nos une a todos los que la leemos".

Miembro de la generación del 50, Brines empezó su andadura junto a José Agustín Goytisolo, Jaime Gil de Biedma, José Ángel Valente, Ángel González o Claudio Rodríguez. "Muchos de ellos viven aunque no le hemos vuelto a ver. Todos estamos en el mismo camino, con los presentes y con los ausentes".


"Brines es un clásico vivo"

Fernando Ortiz / SEVILLA | Actualizado 29.04.2010

Brines es un gran admirador de Cavafis, Cernuda, Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado.

Cuando Francisco Brines fue galardonado con el Nacional de Literatura de Poesía, declaró Carlos Barral, miembro del jurado: "Brines es un clásico vivo". Brines es el poeta vivo más importante de la estirpe de Quevedo, uno de los poetas mayores de la línea denominada por Unamuno "poesía meditativa". Hay, además, razones para justificar la comparación: expresión barroca y conceptista; profundo sentido moral de raíz metafísica. Ahora, acaban de concederle el Premio Reina Sofía. El ronco quejido de Quevedo parece resonar a veces en los versos de su heredero y descendiente. Y no es vano elogio, sino hecho cierto, que estos dos Franciscos (Quevedo y Brines) se dan la mano a través del tiempo. Un tiempo que -tanto el XVII español como nuestra época- es de estrepitoso derrumbe de valores.

Brines es, asimismo, un poeta mediterráneo. Pues nació en 1932 en Oliva, Valencia, un pueblecito cercano al mar. Es miembro de la misma familia que otros dos grandes poetas: Constantino Cavafis y Luis Cernuda . Y quizás hayan sido tales poetas, junto con Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado, quienes mejor le enseñaron a desvelar su propio mundo. Cavafis y Cernuda por ser quienes mejor expresaron en la poesía moderna la experiencia homoerótica. Mas, ante todo, por haber dado, a la par que Antonio Machado, una especial intensidad a la emoción del paso del tiempo, que Brines comparte con ellos. ¿Y Juan Ramón? Desde él hasta Brines pocos han descrito con tanta viveza y matices las horas de la tarde y de la noche junto al mar. Brines, en su percepción del paisaje, le debe mucho a Juan Ramón. Quien configura asimismo, en la poesía de nuestra lengua, la expresión de la infancia como época anterior a la pérdida de la inocencia.

En la poesía de Brines hay mucho amor a la vida, a pesar de la aceptación de su fragilidad y fracaso. Así, al cantarla como un bien que ha de ser necesariamente perdido, este cántico se convierte en lamento. Para el autor, el vivir consiste en una sucesión de pérdidas, en un empobrecimiento sin pausa que termina un día en la desposesión total. Sus versos están publicados en la editorial Tusquets con el título de Poesía completa (1960-1997).

Sí, Francisco Brines es un clásico vivo y uno de los pocos maestros de mi generación indiscutidos. Muchos somos los que hemos abusado de su sabiduría y de su paciencia. Y él siempre ha tenido para nosotros la palabra exacta y serena, la observación sagaz, mas nunca hiriente, sobre esos versos primerizos que le mostrábamos ilusionados, pero que estaban necesitados de corrección. A él acudí dos veces en demanda de ayuda y las dos fue generoso conmigo. La primera vez fue cuando prologó mi primer libro de versos. La segunda y reciente, cuando escribió un texto sobre Vieja amiga, mi poesía completa para el homenaje que, por toda una vida dedicada a la poesía, me tributó el Centro Andaluz de las Letras. La entrega de este Premio me brinda la ocasión para reconocer otra vez más su alto magisterio y su generosidad.



Redactar, narrar, se me hace tan complejo. Uno siente con facilidad aspectos problemáticos de lo literario ante los que le resulta imposible no detenerse, la imposibilidad de una comunicación plena a través de la palabra, la cadencia rota en favor de una trama más ágil, sacrificar lo revelado con la vana ilusión de que la propia historia sea capaz de hacerlo llevar por sí misma a cualquier lector, inventar personajes que no pueden desprenderse de lo que eres, de lo que ves, de lo que vives, *lo incompleto de la escritura como arte, aspectos que pueden tratarse en el poema o en la disertación metaliteraria ofrecen una gran resistencia en la construcción de historias, para lo narrativo. Porque narrar implica desarrollo, personajes y sucesos, capacidad expansiva, concreta, allí donde la síntesis abstracta se me impone, a menudo con un vuelo versátil propio del poema que no es más que disfraz, palabra enmascarada y huérfana de género que se pierde sin solución.

Un día, corazón, descansarás,
un día morirás la última muerte,
entrarás en el silencio
a dormir el hondo sueño sin sueños.
Tantas veces te llama desde la dorada oscuridad,
tantas veces le deseas,
el lejano puerto, cuando tu barca
acosada por las tempestades flota en el mar.
Pero tu sangre aún te lleva
sobre una ola roja por la acción y el sueño,
aún ardes, corazón, con vida y pasión.
Desde el alto árbol del mundo
te llaman el fruto y la serpiente con dulce apremio
a deseo y hambre, culpa y placer,
y el canto de mil voces hace sonar
su música de arco iris celeste en tu pecho.
El juego del amor te invita,
selva del placer, al espasmo de la dicha
para ser allí huésped embriagado, bestia y Dios,
enardecido, exhausto, palpitando sin meta.
Te atrae el arte, silencioso hechicero,
a su círculo con magia feliz,
pinta velos de color sobre la muerte y la miseria,
convierte el tormento en placer, el caos en armonía.
El espíritu llama al juego supremo,
te enfrenta a las estrellas,
te hace centro del universo
y ordena el cosmos como un coro en torno a tí;
Desde el animal y el limo primigenio hasta tí
él muestra la vía del orígen, rica en antepasados,
te convierte en meta y fin de la naturaleza,
abre oscuros portales,
interpreta a los dioses, al espíritu y al instinto,
enseña cómo brota de él el mundo de los sentidos,
cómo el infinito cobra nueva forma,
y hace que ames de nuevo y más
el mundo, que jugando convierte en espuma,
porque eres tú quien le ha soñado y a Dios y al Universo.
También hacia los lóbregos pasadizos,
donde la sangre y el instinto realizan lo atroz,
está abierto el camino,
donde el delirio nace del miedo, y el asesinato nace del amor,
donde humea el crimen y arde la locura,
ningún hito separa el sueño de la acción.
Podrás andar todos estos caminos,
podrás jugar todos estos juegos,
y a cada uno sigue, lo verás,
otra aún más seductor.
¡Qué agradables son los bienes y el dinero!
¡Qué agradable es renunciar a ellos!
¡Qué hermoso renunciar, apartándose del mundo!
¡Qué hermoso desear apasionadamente sus encantos!
Subir hasta Dios, descender hasta el animal,
y por doquier resplandece fugaz la dicha.
¡Camina por aquí, camina por allá, sé hombre, animal y árbol!
Infinito es el polícromo sueño del mundo,
infinitamente se te abre una y otra puerta,
por todas suena el coro pleno de la vida,
por todas nos atraen, nos llaman
una dicha fugaz, un dulce aroma fugitivo.
¡Practica la abstinencia, la virtud, cuando te atenace el miedo!
¡Súbete a la torre más alta y salta!
Pero sabe: en todas partes eres sólo huésped,
huésped en el placer, en el dolor, huésped también en la tumba,
que te vomita nuevamente,
aun antes de que hayas descansado,
al torrente eterno de los nacimientos.
Pero de los miles de caminos hay uno
díficil de econtrar, fácil de intuir,
el que mide con un paso el círculo de todos los mundos,
el que ya no engañan, el que alcanza la última meta.
La revelación florece para tí en esta senda:
tu yo más íntimo, que ninguna muerte destruye nunca
te pertenece sólo a tí,
no pertenece al mundo que atiende a nombres.
Un extravío fue tu largo peregrinaje,
un camino errado preso del error sin nombre,
y siempre estaba cerca de ti la senda milagrosa,
¿cómo pudiste caminar cegado tanto tiempo,
cómo pudo sucederte este hechizo,
que tus ojos nunca viesen esa senda?
Ahora termina el poder del sortilegio,
has despertado,
oyes en la lejanía cantar los coros
en el valle de la confusión y de los sentidos,
y tranquilo te apartas de lo externo
y te vuelves hacia ti mismo, hacia adentro.
Entonces descansarás,
habrás muerto la última muerte,
entrarás en el silencio
al profundo sueño sin sueños.


Hesse (1887-1962) - Obstinaciones