"Ningún camino lleva a ninguna parte, pero uno tiene corazón y el otro no. Uno hace gozoso el viaje; mientras lo sigas eres uno con él. El otro te hará maldecir tu vida. Uno te hace fuerte, el otro te debilita. (...) Para mí sólo recorrer los caminos que tienen corazón. Esos recorro, y la única prueba que vale es atravesar todo su largo. "







Thomas Bernhard

Esta mañana he descubierto a este autor y ya voy por la tercera de sus narraciones autobiográficas, al fin encuentro una voz propia y original que me engancha, hacía mucho tiempo que no me sucedía y me alegro, al fin alguien con algo interesante que contarme, seguimos....

Así arranca este relato:

A los otros hombres los encontré en la dirección opuesta, al no ir ya al odiado instituto sino al aprendizaje que me salvaría, al ir, contra toda sensatez, muy de mañana, no ya con el hijo del alto funcionario al centro de la ciudad por la Reichenhaller Strasse, sino con el oficial de cerrajero de la casa de al lado a la periferia, por la Rudolf-Biebl-Strasse, no tomando el camino a través de los jardines descuidados y por delante de las artísticas villas, al colegio de la gran y la pequeña burguesía, sino por delante del asilo de ciegos y del asilo de sordomudos y por encima de los terraplenes del ferrocarril y a través de los jardincillos de las afueras y por delante de las vallas del campo de deportes de las proximidades del manicomio de Lehen, a la Alta Escuela de los marginados y los pobres, a la Alta Escuela de los locos y de los tenidos por locos del poblado de Scherhauserfeld, al barrio absoluto de los horrores de la ciudad, fuente de casi todos los procesos judiciales de Salzburgo, y al sótano como tienda de comestibles de Karl Podlaha, que era un hombre aniquilado y tenía un sensible carácter vienés, y que quiso ser músico y fue siempre un pequeño tendero. Los trámites de mi admisión en su establecimiento fueron de lo más breve. El señor Podlaha entró en la trastienda, en la que yo lo esperaba, y me echó una rápida ojeada y dijo que, si quería, podía quedarme en seguida, y abrió la puerta del armario y sacó uno de sus sobretodos y dijo que quizá me estaría bien ese sobretodo, y yo me puse el sobretodo, y el sobretodo, desde luego, no me estaba bien, pero podía llevarlo provisionalmente, varias veces dijo Podlaha provisionalmente, y entonces reflexionó brevemente y me llevó, a través de la tienda repleta de clientes, a la calle y a la casa de al lado, en la que estaba instalado el almacén. Allí debía barrer yo, hasta las doce del mediodía, con una escoba que mi patrón había descolgado súbitamente de la puerta del almacén y me había puesto en la mano. A las doce, él, Podlaha, hablaría conmigo de todo lo demás. Me dejó solo en el oscuro almacén, con su mezcla perversa de olores y con la humedad de todos los almacenes de comestibles, y tuve tiempo entretanto de meditar acerca de todo lo ocurrido. Yo no había dejado en paz a la funcionaria de la oficina de empleo y, en una hora, había conseguido lo que quería, un puesto de aprendiz en el poblado de Scherzhauserfeld, ocuparme de forma útil, como pensaba, entre los hombres y para los hombres. Tenía la sensación de haber escapado a uno de los mayores absurdos humanos, el instituto. De pronto sentía que mi existencia era otra vez una existencia útil. Había escapado a una pesadilla. Me veía ya rellenando de harina y manteca y aúcar y patatas y sémola y pan las bolsas de la compra, y era feliz. Me había vuelto en mitad de la Reichenhaller Strasse y había ido a la oficina de empleo y no había dejado en paz a la funcionaria. Ella me dio muchas direcciones pero, durante mucho tiempo, ninguna en la dirección opuesta. Yo quería ir en la dirección opuesta. Le di un barrido al almacén y, a las doce, cerré, como me habían encargado, y fui a la tienda del otro lado, como habíamos convenido. El señor Podlaha me presentó al dependiente (Herbert) y al aprendiz (Karl), y me dijo que no quería saber nada de mí ni sobre mí, yo sólo tenía que cumplir las formalidades y, por lo demás, hacerme útil. Realmente pronunció de pronto la palabra útil de forma espontánea, sin ningún énfasis, como si la palabra útil fuera una de sus palabras favoritas. Para mí fue mi lema. Había terminado un período de inutilidad, me parecía, un período infeliz, una época horrible. Tenía dos posibilidades, eso me resulta evidente todavía hoy, una, matarme, para lo que me faltaba el valor, y/o dejar el instituto, en un instante, y no me maté y me hice aprendiz. Las cosas seguían adelante. En casa reaccionaron apáticamente (mi madre, mi tutor), y con la mayor disposición para entender y comprender (mi abuelo). Se conformaron al instante con la nueva situación, no hubo ni la discusión más mínima. Al fin y al cabo, yo había estado ya durante muchísimo tiempo abandonado a mí mismo. En ese momento vi claro qué solo había estado realmente. Coger mi existencia y tirarla por la ventana o a los pies de mis parientes hubiera tenido en cualquier caso el mismo efecto. Coloqué mi cartera de colegial, como estaba, en un rincón y no la volví a tocar. La decepción de mi abuelo la supo disimular bien por sí mismo; ahora soñaba con un hábil, gran comerciante, en el que, según él, mi genio podría quizá encontrarse a sí mismo de forma aún más ideal que con cualquier otra disposición intelectual. Echó la culpa de mi fracaso a las circunstancias de la época, al hecho de haber nacido yo en el más desgraciado de todos los períodos, directamente en el abismo, del que, por lo que podía verse humanamente, no había ya escapatoria. De repente los comerciantes eran para él, que durante toda su vida los había odiado siempre y con todo el empeño de su experiencia, dignos de estima, y un comerciante no carecía de grandeza. Por mi parte, no tenía ninguna idea sobre mi futuro, no sabía lo que quería ser, no quería ser nada; sencillamente me había hecho útil. De pronto e inesperadamente me refugié en ese pensamiento. Durante años había ido a una fábrica de aprender y me había sentado ante una máquina de aprender, que me había dejado sordos los oídos y había hecho de mi razón una razón demente; ahora estaba de pronto otra vez entre hombres, que nada sabían de esa fábrica de aprender y no habían sido corrompidos por esa máquina de aprender, porque no habían entrado en contacto con ella. Me gustaba lo que veía ahora, y me lo tomé en serio. Los días en que había cientos de personas en la tienda y en que el sótano era asaltado a las ocho de la mañana exactamente como una fortaleza de comestibles por los hambrientos y los medio muertos de hambre, alternaban con los días que pertenecían a los viejos solitarios y las mujeres borrachas. El sótano como tienda de comestibles de Karl Podlaha era, sin embargo, el centro del poblado; no había allí ningún otro lugar de distracción, ningún hostal, ningún café, sólo los edificios construidos exclusivamente para la aniquilación y el condicionamiento de sus habitantes, con cuya monotonía y repulsividad todo el mundo, cualquiera que fuese su temperamento, tenía que degenerar y extinguirse y perecer. Al sótano iban las mujeres, aunque no tuvieran nada que comprar, absolutamente sin ningún motivo para comprar, una y otra vez, de pronto, casi todas en cualquier momento, por desconcierto, sólo para poder intercambiar unas palabras; era ya evidente cuando aparecían en la escalera de cemento, y totalmente evidente cuando habían bajado y entrado en el sótano, que sólo habían huido de sus espantosos hogares buscando un consuelo, una posibilidad de vivir. El sótano era, para muchas de esas personas del poblado, una y otra vez la única y última salvación. Muchas habían convertido su visita al sótano en costumbre y aparecían día tras día, no era por falta de dinero por lo que, llegado el caso, entraban varias veces al día en el sótano, para comprar una pequeñez, por ejemplo cincuenta gramos de mantequilla, sino porque, de ese modo, tenían la posibilidad de bajar al sótano con intervalos más breves que, según parecía, necesitaban para vivir, y de escapar a su entorno, en muchos casos mortal. Sólo ahora, en esos días de mi nuevo entorno, tenía yo otra vez acceso directo, inmediatamente directo a los hombres, ese acceso inmediato, directo a los hombres no me era posible ya desde hacía años; mi mente primero y luego también mi ánimo se habían asfixiado casi bajo el manto mortal del colegio y las coacciones de su enseñanza, y todo lo que estaba fuera del colegio y sus coacciones no lo había percibido durante años mas que de forma imprecisa, a través de la niebla de lo que se enseñaba. Ahora veía otra vez a los hombres y tenía contacto inmediato con ellos. Había existido durante años en medio de libros y escritos y entre mentes que no eran otra cosa que libros y escritos, en medio del olor enrarecido de una Historia mohosa y desecada, continuamente como si yo mismo fuera ya Historia. Ahora existía en el presente, en medio de todos sus olores y grados de dureza. Había tomado esa decisión y hecho ese descubrimiento. Vivía; durante años había estado muerto. La mayoría de mis cualidades, de las ventajas absolutas de mi carácter, reaparecieron ya en mis primeros días en el sótano, después de haber estado sepultadas durante años y cubiertas por la repugnancia de los métodos de educación, se desarrollaron como por sí mismas en el nuevo entorno, que estaba marcado por una parte por mis compañeros de trabajo de la tienda, y por otra por los clientes como seres humanos o por los seres humanos como clientes y, sobre todo, en la, como observé en seguida, inmensa utilidad de las relaciones de tensión entre esos dos grupos de seres humanos, en medio de las cuales yo realizaba mi trabajo, un trabajo que me agradó desde el primer instante. Como empecé a trabajar como aprendiz en el momento de un anuncio de distribución de víveres, mi trabajo, sólo unas horas después de entrar como aprendiz, no consistió ya en dar barridos y poner orden. Hacia la noche, cuando se hizo visible el cansancio de mis compañeros, fui puesto ya a prueba y vendí, y superé la prueba. Desde el principio no sólo quise ser útil, fui útil, y se apreció mi utilidad, lo mismo que, hasta mi entrada en el sótano, se apreciaba mi inutilidad. (...)


El sótano, Buenos Aires, Anagrama, 1976

Moda moral de una sociedad mercadera.--- Tras el principio de la actual moda moral, "las acciones morales son las acciones de la simpatía por los demás", veo disponer a sus anchas el impulso social de la medrosidad, que de esta forma se enmascara de intelectual. Este impulso quiere, como lo supremo, lo más importante, lo próximo, que se quite a la vida toda la peligrosidad que tuvo antes, y que en tal tarea ayuden todos con todas sus fuerzas. ¡Por eso sólo pueden recibir el apelativo de buenas aquellas acciones cuyo destino es la seguridad común y el sentimiento de seguridad de la sociedad! ¡Qué poca alegría tienen que tener hoy los hombres cuando la suprema ley ética les prescribe semejante tiranía de la temerosidad, cuando se dejan ordenar de forma tan irrevocable, hacer la vista gorda sobre ellos y junto a ellos, pero teniendo vista de lince para cualquier estado de emergencia, para cualquier otra pasión! Con tan monstruosa intencionalidad de limar a la vida todos sus cantos y aristas, ¿no estamos en el mejor de los caminos para reducir la humanidad a arena? ¡Arena! ¡Fina, blanda, rodada, infinita arena! ¿Es ése vuestro ideal, vuestro faraute de las afecciones simpáticas? Mientras tanto sigue sin contestación la pregunta de si se aprovecha más al prójimo saliendo inmediatamente en su auxilio y ayudándole - lo que bien puede suceder de manera muy superficial, si no es que se llega a una intervención y reestructuración tiránicas - o de si de uno mismo se forma algo que el otro ve con placer, como un bello y calmo jardín encerrado en sí mismo, con altos muros contra las tormentas y el polvo de los caminos, pero también con un amable portón.


Aprender soledad. --- ¡Ay de vosotros, pobres bribones en las grandes urbes de la política mundial, vosotros jóvenes, dotados, hombres martirizados de ambición, que consideráis vuestra obligación decir vuestra palabra ante cualquier acontecimiento - siempre acontece algo-! ¡Que cuando levantan tanto polvo y ruido creen ser el carro de la historia! ¡Que de tanto estar a la escucha, de tanto atender al instante donde poder verter su palabra, pierden toda productividad auténtica! ¡Ojalá sean igual de ambiciosos para las grandes obras!; ¡el hondo silencio de la gravidez nunca les llega! El suceso del día les persigue como se aventa la paja, y siguen creyendo ser ellos quienes persiguen el suceso - ¡los pobres bribones!-. Cuando se quiere entregar a las tablas un héroe no se puede pensar en hacer coro, ni siquiera está permitido saber cómo se hace coro.

He visto poemas salvar vidas
sin que lo supieran
ni los poemas
ni las vidas.
No digo prolongar vidas:
salvarlas,
sacarlas de allí de la tiniebla inminente.
Los he visto hacer lo que no sabían que sabían
o al menos eso creo: que no sabían que sabían
salvar vidas.
Y vi esas vidas sin saber que se salvaban.
Y las he visto sin que me vieran.


De Eduardo Milán, Ostras de coraje (2003)



Lucía

VIVÍA en las regiones solitarias,
por donde nace el Dove,
una doncella a quien nadie alababa
y a quien querían pocos:

violeta junto a una musgosa piedra,
medio oculta al viandante,
bella como un lucero, cuando brilla,
muy solo, en el espacio.

Ignorada vivió, y pocos supieron
la muerte de Lucía;
mas ella está en la tumba, y para mí
ya todo ¡qué distinto!


* * *


Selló el sueño mi espíritu
y miedo no sentía:
ella me parecía como algo que no siente
el roce de los años.

No tiene movimiento ya, ni fuerza,
no oye ni ve nada;
mezclada con el curso diario de la tierra,
con las rocas, las piedras y los árboles.

Versión de Màrie Montand

Bloom básico


NUEVA YORK, 1930. ENSAYISTA Y CRITICO LITERARIO.

Hijo de judíos ortodoxos provenientes de Rusia que nunca aprendieron a hablar en inglés, a los siete años Harold Bloom ya recorría el camino que separaba su casa del Bronx del edificio de la Biblioteca Pública de Nueva York, donde aprendió a leer clásicos ingleses como T. S. Eliot, W. H. Auden y William Blake. De Blake pasó a Milton y de Milton a Shakespeare. Así continuó hasta que en 1951 se graduó en la Universidad de Cornell; de allí saltó a Yale para hacer sus estudios de posgrado: sus profesores en Cornell le dijeron que ya no les quedaba nada por enseñarle. Hoy Bloom es uno de los pocos ensayistas admirados en todo el mundo por su erudición y una de las personalidades más influyentes de la crítica literaria. Es profesor de Humanidades en la Universidades de Yale y de Filología en la de Nueva York. Como autor, ha publicado más de 25 libros entre los que se destacan "La angustia de las influencias" (1973), que le valió un inmediato prestigio académico, y el polémico "El canon occidental" (1994), obra monumental en la que defiende la noción de literatura basada en la preeminencia de indiscutibles grandes maestros. Además de "Genios" (Norma), este mes acaba de editarse en nuestro país su ensayo "¿Dónde se encuentra la sabiduría?" (Taurus).


Los cien elegidos de Bloom


Dante Alighieri
Jane Austen
Isaac Bábel
Honoré de Balzac
Charles Baudelaire
Samuel Beckett
William Blake
Jorge Luis Borges
James Boswell
Charlotte Brontë
Emily Jane Brontë
Robert Browning
Italo Calvino
Alejo Carpentier
Lewis Carroll
Willa Cather
Paul Celan
Luis Cernuda
Miguel de Cervantes
Hart Crane
Geoffrey Chaucer
Anton Chéjov
Charles Dickens
Emily Dickinson
John Donne
Fiodor Dostoievski
José María E a de Queiroz
George Eliot
T. S. Eliot
Ralph Ellison
El Yavista
Ralph Waldo Emerson
William Faulkner
F. Scott Fitzgerald
Gustave Flaubert
Sigmund Freud
Robert Frost
Federico García Lorca
Johann Wolfgang von Goethe
Nathaniel Hawthorne
Ernest Hemingway
Hugo von Hofmannsthal
Homero
Víctor Hugo
Henrik Ibsen
Henry James
Samuel Johnson
James Joyce
Franz Kafka
John Keats
Soren Kierkegaard
D. H. Lawrence
Giacomo Leopardi
Lucrecio
Joaquim Machado de Assis
Mahoma
Thomas Mann
Herman Melville
John Milton
Molière
Michel de Montaigne
Eugenio Montale
Dama Murasaki
Iris Murdoch
Gérard de Nerval
Friedrich Nietzsche
Flannery O'Connor
Walter Pater
Octavio Paz
Fernando Pessoa
Alexander Pope
Luigi Pirandello
Platón
Marcel Proust
Rainer Marie Rilke
Arthur Rimbaud
Christina Rossetti
Dante Gabriel Rossetti
San Agustín
San Pablo
William Shakespeare
Percy Bysshe Shelley
Sócrates
Stendhal
Wallace Stevens
Jonathan Swift
Algernon Charles Swinburne
Alfred Tennyson
León Tolstoi
Mark Twain
Paul Valéry
Luis Vaz de Camões
Virgilio
Edith Wharton
Walt Whitman
Oscar Wilde
Tennessee Williams
Virginia Woolf
WilliamWordsworth
William Butler Yeats





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El extranjero


-¿A quién quieres más, hombre enigmático, dime, a tu padre, a tu madre, a tu hermana o a tu hermano?
-Ni padre, ni madre, ni hermana, ni hermano tengo.
-¿A tus amigos?
-Empleáis una palabra cuyo sentido, hasta hoy, no he llegado a conocer.
-¿A tu patria?
-Ignoro en qué latitud está situada.
-¿A la belleza?

-De buena gana la amaría, diosa e inmortal.

-¿Al oro?
-Lo aborrezco lo mismo que aborrecéis vosotros a Dios.
-Pues ¿a quién quieres, extraordinario extranjero?
-Quiero a las nubes..., a las nubes que pasan... por allá.... ¡a las nubes maravillosas!


C.B.

JE EST UN AUTRE

Mañana con el recogedor
arrastrarán los trozos de mi alma
y los venderán al mejor postor
y los niños, corriendo alrededor
gritarán "Scardanelli, Scardanelli"
Hölderlin ha muerto ya.


Leopoldo María Panero



De tanto estar solo aprendí a quererte,

sólo en el amor el hombre se supera.



Dos cosas salvan al hombre en libertad:
su trabajo y el Amor al cosmos.

Anoche cuando volvía caminando hacia Gran Vía para coger el primer metro observé a un tipo que hablaba por móvil, miró a su alrededor y cuando se cercioró de que nadie le estaba escuchando espetó un "mátalo". Obviamente no detuve la marcha en ese escaso lapso de tiempo en el que también vi pasar una patrulla de la policía nacional, completando su ronda nocturna, en esa última hora donde la infinitamente rotatoria postal se despide de la noche entre camiones de basura. Sinceramente aquella orden no tenía pinta de ser una broma, en algún lugar no muy lejano otra insignificante vida se cobraba. Por mi parte no sentí el más mínimo ápice de temor, y me dio por pensar en el modo en que nos hemos habituado a convivir pacíficamente con el crimen.

A menudo el ciego que pasea con su perro lazarillo no busca un ascensor, una rampa o similares. ¡Qué poca sensibilidad demuestran los maestros de la urbanidad y de lo políticamente correcto recordándole al ciego que se deleita en el paseo que él es un ciudadano de segunda, falto de una especial ayuda! Cual tiranos los apestosos enemigos de la libertad tejen inconscientemente su red de conmiseración ciudadana.