"Ningún camino lleva a ninguna parte, pero uno tiene corazón y el otro no. Uno hace gozoso el viaje; mientras lo sigas eres uno con él. El otro te hará maldecir tu vida. Uno te hace fuerte, el otro te debilita. (...) Para mí sólo recorrer los caminos que tienen corazón. Esos recorro, y la única prueba que vale es atravesar todo su largo. "







Hoja de ruta inicial


viernes 18 de septiembre de 2009

Archiconocido es el decálogo del perfecto cuentista de Horacio Quiroga o el decálogo del escritor de Augusto Monterroso. He decidido rescatar, sin embargo, uno quizá menos conocido, el decálogo de Elmore Leonard (escritor americano, referente en la novela negra y cuyas historias han captado siempre desde hace décadas la atención de los más grandes de Hollywood). Es un decálogo más centrado en la técnica y mucho más útil para mi gusto.

1. Nunca empieces un libro hablando del clima.
Si sólo te sirve para crear atmósfera y no es una reacción del personaje al clima, no debes usarlo demasiado. El lector buscará las reacciones del personaje. Hay algunas excepciones, claro. Si conoces más maneras de describir el hielo y la nieve que un esquimal, puedes hablar del clima tanto como te dé la gana.

2. Evita los prólogos.
Pueden resultar molestos, especialmente un prólogo después de una introducción que viene antes de la dedicatoria. Pero en no ficción son muy habituales. En una novela, el prólogo cuenta los antecedentes de la historia, pero no hace falta contarlos al principio, puedes ponerlos donde quieras.

Siempre hay excepciones, claro. Dulce jueves de John Steinbeck tiene prólogo, pero me parece bien porque es un personaje del libro que deja claras las reglas, que nos explica como le gusta que le cuenten las cosas.

Lo que hace Steinbeck en Dulce jueves fue titular los capítulos a modo de indicación, aunque algo oscura, de lo que tratan. Hay dos capítulos que llega a titularlos "hooptedoodle" (palabrería) en los que avisa al lector: "Aquí haré vuelos espectaculares con mi escritura, y no se entremezclará con la historia. Sáltatelos si quieres".

Dulce jueves se publicó en 1954, cuando yo empezaba a publicar, y nunca olvidaré el prólogo. ¿Me leí los capítulos hooptedoodle? Cada palabra.

3. No uses más que "dijo" en el diálogo.
La frase, en el diálogo, pertenece al personaje. El verbo viene a ser el escritor husmeando donde no debería. El verbo "decir" es bastante menos intruso que "gruñir", "exclamar", "preguntar", "interrogar"... Cierta vez leí un "ella aseveró" al final de una frase de un personaje de Mary McCarthy y tuve que parar de leer para buscarlo el diccionario.

4. Nunca uses un adverbio para modificar el verbo "decir".
... amonestó severamente. Usar un adverbio de esta manera (o de casi cualquier manera) es un pecado mortal. El escritor se expone a interrumpir el ritmo de intercambio cuando usa este tipo de palabras. Un personaje cuenta en uno de mis libros cómo solía escribir sus romances históricos "llenos de violaciones y adverbios".

5. Controla los signos de exclamación.
Se permiten alrededor de dos o tres exclamaciones por cada 100.000 palabras en prosa. Si tienes el don de Tom Wolfe con ellos, puedes usarlos profusamente.

6. Nunca uses palabras como "de repente" o "de pronto".
Esta regla no requiere ninguna explicación. Me he dado cuenta de que los escritores que usan exclamaciones como "de repente" suelen tener menos control sobre sus signos de exclamación.

7. Usa términos dialectales muy de vez en cuando.
Si empiezas a llenar la página de diálogo ininteligible, no podrás parar. Un buen ejemplo sería Annie Proulx, que es capaz de captar muy bien el sabor del habla de Wyoming.

8. Evita las descripciones demasiado detalladas de los personajes.
Steinbeck lo hacía. Pero en Colinas como elefantes blancos Hemingway por ejemplo, usa una única descripción para el personaje de la mujer que acompaña al americano: "Se quitó el sombrero y lo dejó en la mesa". Es la única referencia física en la historia, pero aún y así vemos a la pareja y sabemos de ellos por su tono de voz... sin adverbios que los acompañen.

9. No entres en demasiados detalles al describir lugares y cosas.
Si no eres Margaret Atwood, que pinta escenas con el lenguaje o no puedes describir el paisaje como lo hace Jim Harrison, no lo hagas. Incluso si estás dotado para las descripciones, ten en cuenta que el meollo de la historia debe ser la acción, no la descripción.

10. Trata de eliminar todo aquello que el lector tiende a saltarse.
Esta regla se me ocurrió en 1983. Piensa en lo que te saltas cuando lees una novela: largos párrafos de prosa con demasiadas palabras. ¿Qué está haciendo el escritor? Hablar del tiempo, o ha entrado en la mente del personaje y el lector o bien sabe qué es lo que piensa el personaje, o bien no le importa. Me apuesto lo que sea a que no te saltas el diálogo.

Mi regla más importante es una que las engloba a las diez:

Si suena como lenguaje escrito, lo vuelvo a escribir.
Si la gramática se inmiscuye en la historia, la abandono. No puedo permitir que lo que aprendí en clase de redacción altere el sonido y el ritmo de la narración. Es mi intento de permanecer invisible, no distraer al lector de lo que es escritura obvia (Joseph Conrad habló una vez de las palabras que se inmiscuyen en lo que quieres contar). Si escribo una escena, siempre desde el punto de vista de un personaje (el que me da la mejor visión de la vida en esa escena en particular) puedo concentrarme en las voces de los personajes contando quienes son y cómo se sienten, qué ven y qué sucede. Así es como desaparezco de la escena.

Nosotros los caminantes estamos acostumbrados a cultivar deseos amorosos precisamente por su carácter irrealizable y a distribuir ese amor, que realmente le corresponde a la mujer, entre pueblo y monte, lago y quebrada, los niños en el camino, el mendigo en el puente, la vaca en el prado, el pájaro, la mariposa. Disociamos el amor de su objeto, el amor en sí nos es suficiente, de igual manera que al caminar no buscamos la meta, sino el deleite del propio viajar, el estar de camino.

No quiero que mi único motivo para vivir sea la vida; no quiero que mi único motivo para amar sea la mujer, necesito dar un rodeo y pasar por el arte, necesito el placer solitario y elaborado del artista para poder estar a gusto con la vida, incluso para poder soportarla.

El aburrimiento es algo que no conoce la naturaleza; es un invento de los habitantes de la ciudad.

El rico bien podría, pero no puede.

La belleza no hace feliz al que la posee, sino a quien puede amarla y adorarla.

Una profesión es siempre una desgracia, una limitación y una resignación.

La bohemia siempre es un peligro para todos los jóvenes dotados de gusto y alma por encima del término medio, en los que el talento es más fuerte que el carácter. Hoy día la bohemia sigue siendo algo atractivo, pero es una forma de vida artística equivocada, retrógrada e impracticable desde un punto de vista interior; quien se queda atascado en ella, no es un genio ni un revolucionario, sino sencillamente un pobre diablo que no es lo bastante listo ni fuerte como para crearse una vida digna.


Hermann Hesse

"Cuando alguien que asegura tener la aspiración de llegar a ser escritor, visita a un autor para que le aconseje y le ayude, le formula varias preguntas que por lo general uno ya espera. Ñas dos preguntas, orales o escritas, que en estas ocasiones se formulan con más frecuencia, son: ¿Qué método sigue para escribir un relato? ¿Qué método sigue para conseguir la publicación del relato?

"Pese a los años transcurridos. todavía no he aprendido a contestar estas preguntas de manera que los curiosos lectores y los impacientes escritores jóvenes queden totalmente satisfechos de la respuesta.

"Evidentemente, la mayoría de ellos creen que oculto un secreto. Suelo contestar que la experiencia me ha enseñado que el mejor método para aprender a escribir consiste en escribir, y que el mejor método para conseguir la publicación de un relato consiste en enviarlo a las revistas que lo publican, hasta que el director de una de ellas se muestra dispuesto a publicarlo.

"Las amas de casa de Texas, los taxistas de Ohio, los estudiantes de Nebraska y los oficinistas de California, a quienes he dado estas respuestas, tienen perfecto derecho a afirmar que no les he proporcionado claras y detalladas instrucciones sobre la manera de escribir y de publicar. Quizá la razón de que sea incapaz de dar explícitas instrucciones que permitan con seguridad a cualquier persona llegar a ser un escritor, radique en el hecho de que tengo el convencimiento de que la literatura es resultado de cierto estado mental, y que únicamente aquellos que han nacido dotados de la indefinible ansia de expresarse en letra impresa, o que la han adquirido posteriormente, pueden llegar a hacerlo.

ERSKINE CALDWELL. Llamémosle experiencia.

"Encontrar la mejor manera de contar una historia significa simplemente darse cuenta de cuál es la manera más natural de contarla. La prueba de si un escritor ha adivinado la mejor manera de contar su historia es la siguiente: después de leerla... ¿puedes imaginarla de otra manera? ¿O resulta que al terminar silencia tu imaginación y te parece absolutamente definitiva? Definitiva como una naranja. Una naranja es algo que la naturaleza ha sabido contarnos bien."

TRUMAN CAPOTE, en una entrevista