"Ningún camino lleva a ninguna parte, pero uno tiene corazón y el otro no. Uno hace gozoso el viaje; mientras lo sigas eres uno con él. El otro te hará maldecir tu vida. Uno te hace fuerte, el otro te debilita. (...) Para mí sólo recorrer los caminos que tienen corazón. Esos recorro, y la única prueba que vale es atravesar todo su largo. "













Ahora que apenas escribo poemas los transeúntes me paran insultándome, estancándome en el fango de mi propia existencia. Yo que nací para avanzar sin tregua con el rayo del lenguaje y olvidar así el humo de todas las ideas que me queman. "Poeta", sentencian, tal vez con ironía. Y se me paran los relojes del espejo, y no tengo mar donde cobijar estos ojos sedientos de eternidad.








            ¿Dónde estabas cuando estaba dibujando espectros de luz en la noche?
Yo te esperé como el niño consentido que en mitad de la fiesta rompe a llorar porque toma conciencia de su inerme fragilidad, lo sabía todo antes de pisar esta acera que conduce río abajo, podría descender siete veces al infierno de la mano de cualquier amiga dislocadamente fiel y aún te encontraría entre los huesos cenicientos de otro día que entre alcohol y cigarrillos se suicida. Podría seguir de pie frente a la aurora sin que el tiempo signifique nada para mí, plantarme en los treinta y pico cansado de suplicar por los globos de color que no hay detrás de ninguna noche. Hoy que todo este mapa peninsular y grisáceo me escupe en los ojos y me clava dagas en el estómago como si fuese un perro magullado y apátrida. Nada puedo decir ahora que signifique algo con cierto sentido.







 




La postpunk amante de Tiresias
Género: Poesía
Autor: ¨Álvaro Guijarro
Portada: Toño Benavides
Año de publicación: 2013
Canalla ediciones






“Ya Lo Nuevo se despliega como una medusa
con alas de piedra entre ondas de diamante”


Con La postpunk amante de Tiresias Álvaro Guijarro (Madrid, 1990) se yergue como una voz inusual, radicalmente innovadora, en el panorama de la poesía joven contemporánea.

Estos aullidos de fuego impermeable dejan una estela nómada, retumban desde la raíz de la existencia de un poeta cuya voz se va afirmando progresivamente sin perder un ápice de su fuerza creadora originaria, como ya apuntaba en su anterior libro publicado “Tránsito”

Se trata de un poemario donde la vida bulle en cada verso, gestado valientemente on the road entre cafeterías, autobuses, pueblos con vistas al mar, ciudades a punto de derruirse, clandestinos arrabales de amores imposibles, relámpagos y truenos con la memoria oteando siempre ese punto de partida y de llegada que es Madrid.


¡Pero serán magnéticos sus carnívoros aullidos,
intensidad ardiendo el arrabal de los neones!


Álvaro va depositando cenizas incendiadas en libretas raídas por las inclemencias del destino. Su sendero aéreo va nutriéndose ya en el reino de las cosas, empieza a descender a lo necesario de la humanidad y de la cercanía al borde del camino. Resuena su voz inmediata con ese tono de vanguardia al que ya nos tenía acostumbrados pero esta vez insertado formalmente en estrofas de cuartetos, asombrando con algunos alejandrinos de alta factura.


¡Ah guerra romántica, antisopor de esta tierra!


La postpunk amante de Tiresias, plenitud inaprensible, depurado vértigo, atalaya y buhardilla, pensamiento en llamas, mujer de Mito, resplandeciente terremoto, vida y obra ya de Álvaro Guijarro que celebro.

Pues qué es el amor en su dimensión absoluta sino ese trayecto imposible que algunos humanos, pobres mortales, apenas levemente hemos osado rozar en nuestro efímero viaje.


“Tomad pues esta bomba de lírico futuro,
alma y cuerpo nuestro, y será vuestro, y es Luz”












            Es el recuerdo y muerde
cualquier tarde escarlata,
            amor en las cenizas de cada gloria inerte.
Galope estival, sientes
            el peso inmaculado de los días
            sobre esa espalda de grillos y de luz.

            Donde vas descorriendo
            la irisada contradicción de otro despertar.




            Camino al sol, parque de Atenas, oh primavera hacía tiempo no eras más que un sueño, poso fértil, huella dorada, amor que has derramado tu inyección amarga en el poema, quietud tras el crujido, nuestra paz ha madurado al sol, somos los ciruelos de la especie, hemos mudado las escamas y estamos vivos donde todo tiembla, en la vibrante inmensidad de los seres cuya inconsciencia desvelamos, asumida la borrosa circulación del extrarradio y las interferencias de eléctricos sueños sin raíz ni altura. Parque de Atenas, estamos donde importa, amo contemplar la belleza de tus árboles y sentir mi piel tostándose a este costado del río, cuánto anhelo he deshojado sin sentido hasta llegar aquí donde todas las flores bailan la canción remota de lo que no, de lo que nunca, y hasta la duda se evapora, porque el sueño se cumple en el tiempo y el lugar en que termina.



Abril, 2013


                       
 Leer a Confucio en vísperas de guerra, huír de la mediocridad y del bullicio atroz de la locura contemporánea, por encima de cualquier enfermedad creer en el vilipendiado poder de la naturaleza, permanecer infranqueable como el rayo en mitad del ruido, y saber que en último término yo decido.




Me queda una tristeza de sándalo, un no saber qué hacer queriendo a la vez hacerlo todo, desprendido de la frente de los dioses el paso lento de la noche deja una estela cósmica, huella del desasosiego, todo pasa y no has aprendido a soportar las apariencias ni el dulce letargo bajo esta quietud de sombra. Y si todo se pierde y no hay calle alguna para tu lamento, extraño y huérfano como un puzzle de luz vagas todavía en el nervio atroz de la ceguera, y la noche te nombra, y la noche te condena. Pudiste ser afuera, pudiste nombrar preciso, callar sereno, huérfano escombro de la historia, en la plaza niños juegan donde tú jugaste un día y mañana no serán como tú que has muerto y estás solo, que bajas la mirada ante los fieles y mendigas en la nada derroches de oro, nostalgia ida, ceniza que no vuelve, nadie quiere amar al triste, todos le ordenan, la luz es una sombra vuelta grito en el desierto, los caimanes acechan al amanecer en cada pelo del execrable odio, te engalanas para ninguna fiesta, lloras a solas frente al espejo que teme al suicidio de la aurora. No van a volver, cena odio, fueron carne viva en sombra, nadie va a sustituir la nada y el tiempo se devora en vano las uñas y el poema araña la cortina, la cortina de supervivencia donde tiembla un mono, has abierto el camino sin retorno y cuando vuelves el error se manifiesta, te persiguen los búhos y no hay bosque donde descansar.