No está viva la llama en la calle desierta
donde encontramos el justo valor
de proclamarnos poetas,
atravesando cierta emoción y el límite
de la página aislada en el cuarto
enfermo de literatura
nos hicimos visibles como insectos
que renacen a su propia luz,
sentimos parte de nuestro destino
en los precisos tiempos y lugares
que habitan los poemas,
los mismos que años atrás
dormían con nosotros
mostrándonos su abismo,
  robándonos el sueño.


Encontramos el justo valor
en una rara coincidencia
de lo interno con lo externo,
hoy no está viva esa llama en la calle desierta
y en parte la vida 

ha perdido su emoción.