RECANATI, AGOSTO DE 1829

(Homenaje a Giacomo Leopardi)

Van pasando los meses muy despacio.
Hace ya casi un año regresé
-contra mi voluntad, porque no tuve
otro remedio, desgraciadamente-
a la casa paterna, y cada día
es una eternidad: no avanza el tiempo
cuando no hay esperanza y respiramos
en el dolor y el tedio. Tal vez nunca
vuelva a salir de aquí. Ni mi menguada
bolsa ni las miserias indecibles
que padece mi cuerpo -por no hablar
de la constante oposición que muestran
los míos a que parta- me consienten
pensar e nuevo en irme. Quedó lejos
el mundo: aquellos días de Florencia,
de Pisa, en que creí ser para siempre
un hombre libre al fin. Entre los muros
de este viejo palacio ineludible
me debato en la agunstia, maldiciendo
el aciago destino que se opone
a todos mis afanes. Nada tengo,
pues me es ajeno cuanto me rodea
en este pueblo infame en el que nadie
quiso nunca -ni pudo- comprenderme.
Tan sólo la solícita presencia
de mi querida hermana -que acaso
igual a mí en desdichas- me procura
desagravio y refugio, algún consuelo
en esta soledad. Mas no es bastante.
Soy un muerto que alienta. Sí, la vida
dura en verdad bien poco. Es un fulgor
muy intenso que cesa de repente
cuando acaban los años juveniles.
Después, en apariencia, el existir
prosigue. Pero no, no es ya la vida
lo que está sucediéndonos, y somos
en esa nada póstumos testigos
de un simulacro triste. Nos quedamos
entonces sin presente y sin futuro;
todo lo que acontece nos remite
al pasado, a la antigua llamarada.
Mi juventud se fue. Canta el verano
inútilmente en torno a mi dolor.
Un día más de agosto que termina.
Ha caído la noche. Desde el cielo
mira la compasiva luna llena.
Sobre el hondo silencio de los campos
tiembla la luz de las constelaciones.
A mi memoria acuden las imágenes
del ayer. El recuerdo me depara
la extraña flor de la melancolía.


Eloy Sánchez Rosillo



23 DE OCTUBRE DE 1820

El vacío del presente es más doloroso en la juventud que en cualquier otra edad. Las ilusiones son en el joven más vivas, y por eso las esperanzas pueden satisfacerle con mayor facilidad. Pero el ardor juvenil no soporta el vacío absoluto del presente; no le satisface vivir tan sólo en el futuro, sino que necesita aplicar sus energías. La monotonía y la inactividad presentes le causan gran pesar que le agobia con el peso de un hastío mayor que en cualquier otra edad. Pero la costumbre alivia todos los males y el hombre, con el largo uso, puede acostumbrarse al hastío absoluto y perfecto y llegar a encontrarlo menos abrumador que al principio. Yo he hecho la experiencia; el hastío me desesperaba al principio y luego creció en vez de disminuir, pero la costumbre me lo hizo menos terrible y más soportable. Mi capacidad para soportar el hastío es tan grande que puedo calificarla de heroica. Hay ejemplos de presos que han llegado a encariñarse con la vida de reclusión.


27 DE DICIEMBRE DE 1820

Las pocas ocasiones en que hallé motivos de alegría o tuve una pequeña suerte, en vez de expresarlas, casi por impulso natural me mostré melancólico, aunque interiormente me sentía contento. Es que aquella pequeña alegría, plácida y escondida, temía turbarla, alterarla, malgastarla y perderla al darla a conocer.

Y ponía mi pequeña felicidad bajo la custodia de la melancolía.


6 DE FEBRERO DE 1821

Al verse excluidos de la vida, los desesperados tratan al menos de vivir en los demás, no precisamente por amor a ellos, ni tampoco por amor a sí mismos, sino porque aun habiendo perdido la verdadera vida, les queda la vida que deben ocupar en algo y que de alguna manera desean sentir.


24 DE NOVIEMBRE DE 1821

El estado de desesperación resignada es el último paso del hombre sensible, el sepulcro final de su sensibilidad, de sus placeres y de sus penas. Es mortal para la sensibilidad y para la poesía – en todos los sentidos y dimensiones de este término -, si bien la desventura y su sentimiento actual parecen y son lo más mortal para la poesía. Sin embargo, puede suceder que una grave y nueva desventura origine en el hombre algún nuevo sentimiento. Este instante, para quien se encuentra en tal estado, es el más conveniente que podría esperar jamás para expresar y dar fuerza a sus conceptos, para vigorizar su poesía y dotar de elocuencia a sus pensamientos y de fecundidad a la fantasía y a su corazón, ya estériles por culpa de una desventura temporal o continua que deprime todas las facultades del alma. El nuevo dolor, en tales ocasiones, es como punta de fuego que estimula los sentidos y enciende otra vez la vida en los cuerpos embotados. El corazón da señales de vida y vuelve por un momento a sentirse a sí mismo, ya que la esencia y lo antipoético de la desesperación resignada consiste precisamente en no tener dolores ni sufrirlos.

Pero estos efectos débilmente poéticos y lánguidamente vivos son pasajeros, casi diría momentáneos, porque ese hombre, pese a la magnitud de la nueva desgracia recae muy pronto en un estado letárgico de resignación. Por eso ha de poetizar en el mismo momento de su desventura; de lo contrario, no será ni se sentirá poeta y elocuente. Al atemperarse el sentimiento de la desventura actual con la costumbre natural de sufrir, tolerar, ahogar, adormecer y sacudir el dolor, de aquellas dos cualidades o disposiciones, se llega a formar un estado suficientemente adapatado a las emociones sentimentales y a la poesía.

Una insólita causa de alegría suscitaría también iguales efectos y acaso mucho mayores, más elocuentes y más íntimamente poéticos.


30 DE NOVIEMBRE DE 1828

Memorias de mi vida. No ha habido para mí momento más feliz que cuando escribía versos; fueron las mejores horas de mi vida y quisiera extenderlas hasta mi muerte. Los días pasaban sin darme cuenta, las horas me parecían brevísimas y a menudo me asombraba yo mismo de la facilidad con que huían.


1er DOMINGO DE ADVIENTO DE 1828

Al hombre sensible y dotado de gran imaginación, que viva como yo he vivido mucho tiempo, sintiendo continuamente y fantaseando, el mundo y los objetos le parecen en cierto modo dobles. Verá con los ojos una torre, una campiña, y oirá con los oídos el tañido de una campana; pero al mismo tiempo, con la imaginación, verá otra torre, otra campiña, y oirá otro tañido. En este segundo orden de objetos se encuentra todo lo bello de las cosas.

Triste, muy triste es la vida (y lo es la común y ordinaria) que no ve, no oye y no siente sino únicamente los objetos simples, aquellos de los cuales los ojos, los oídos y los demás órganos reciben simples sensaciones.


1 DE DICIEMBRE DE 1828

Memorias de mi vida. Al llegar a Roma, la necesidad de convivir con los hombres, la necesidad de volcarme hacia afuera, de obrar, de vivir exteriormente, me hizo estúpido y torpe, y me mató interiormente. Me encontré extraordinariamente inhábil para la acción y la vida interior, y no por eso más apto para la vida exterior. Me sentía incapaz de conciliar la una con la otra; tan incapaz que juzgaba imposible tal unión. Creía que los demás hombres conocidos como aptos para la vida exterior, no tenían más vida interior que la que yo sentía y que la mayoría nunca la habían sentido. La sola experiencia propia me ha desengañado. Tal estado fue para mí acaso el más penoso y más mortificante que he sentido jamás. Porque, al convertirme en inepto interior y exteriormente, perdí en absoluto toda consideración por mí mismo, toda esperanza de llegar a ser algo en el mundo y de dejar algún fruto de mi vida.



RECANATI, 2 DE DICIEMBRE DE 1828

MEMORIAS de mi vida. Siempre me dolerán las palabras de mi buena amiga dona Olimpia, cuando me reprendía cuando me pasaba los días de mi juventud en casa, sin ver a nadie. Me decía: “¡Qué juventud! ¡Qué manera de malograr los años juveniles!” Yo también veía, sentía íntima y perfectamente el valor y la razón de aquellas palabras. Sin embargo, creo que no existe un joven, cualquiera que sea su modo de vivir, que al pensar en su propia manera de pasar los años, no haya de decirse a sí mismo estas mismas palabras.


31 DE MAYO DE 1829

PARA el manual de filosofía práctica. Así como los placeres no producen deleite si no tienen una finalidad fuera de sí mismos – como digo en otra parte-, así la vida no nos satisface si no tiene una finalidad absoluta, por muy llena de placeres que aparezca. Esta finalidad puede ser la gloria literaria, la riqueza, una dignidad, una carrera en fin.

Yo no he concebido jamás cómo pueden gozar, cómo pueden vivir los despreocupados y manirrotos que ya maduros o viejos pasan de placer a placer, entre juegos y banalidades, sin haberse propuesto jamás una finalidad a la cual tender habitualmente. ¿Cómo pueden gozar aquellos que jamás se han dicho: “¿Para qué sirve la vida?” No he podido imaginarme nunca la vida que llevan, ni la muerte que les espera.



GIACOMO LEOPARDI (Recanati, 1789 – Nápoles, 1837)