Redactar, narrar, se me hace tan complejo. Uno siente con facilidad aspectos problemáticos de lo literario ante los que le resulta imposible no detenerse, la imposibilidad de una comunicación plena a través de la palabra, la cadencia rota en favor de una trama más ágil, sacrificar lo revelado con la vana ilusión de que la propia historia sea capaz de hacerlo llevar por sí misma a cualquier lector, inventar personajes que no pueden desprenderse de lo que eres, de lo que ves, de lo que vives, *lo incompleto de la escritura como arte, aspectos que pueden tratarse en el poema o en la disertación metaliteraria ofrecen una gran resistencia en la construcción de historias, para lo narrativo. Porque narrar implica desarrollo, personajes y sucesos, capacidad expansiva, concreta, allí donde la síntesis abstracta se me impone, a menudo con un vuelo versátil propio del poema que no es más que disfraz, palabra enmascarada y huérfana de género que se pierde sin solución.