El funcionario está delante de la máquina de escribir. El interrogado, sentado ante él, contesta a las preguntas titubeando un poco, pero tratando de decir todo lo que tiene que decir de la forma más precisa y sin una palabra de más: "Esta mañana temprano fui al sótano para encender la estufa y encontré esas botellas de vino detrás del cajón del carbón. He cogido una para bebérmela en la cena. No sabía que la bodega de arriba hubiera sido descerrajada". Impasible, el funcionario teclea velozmente su fiel transcripción: " El abajo firmante, habiéndose dirigido en las primeras horas de la mañana a los locales del sótano para poner en funcionamiento la instalación térmica, declara haber casualmente incurrido en el hallazgo de una cuantía de productos vinícolas, situados en situación posterior al recipiente destinado al contenido del combustible y de haber efectuado la extracción de uno de dichos artículos con intención de ingerirlo durante la comida vespertina, no hallándose en conocimiento de la fractura sobrevenida en el establecimiento situado en el piso superior".

Todos los días, sobre todo de cien años a esta parte, por un proceso hoy ya automático, miles de nuestros conciudadanos traducen mentalmente a la velocidad de máquinas electrónicas la lengua en una antilengua inexistente. Abogados y funcionarios, gabinetes ministeriales y consejos de administración, redacciones de periódicos y de telediarios, escriben, hablan y piensan en la antilengua.


(Se lo dedico a todos los juristas y demás personal del mundillo jurídico, profesores y catedráticos incluidos, que se piensan que saben usar el lenguaje como nadie cuando realmente no los entiende ni dios. Pura escoria que quiere enterrar el lenguaje vivo y mecanizarlo, para ellos redactar bien es extirpar la esencia latente de todo pulso narrativo. Comemierdas todos, a mí no me darán más lecciones jurídico-técnicas. Ya sabía más que ellos entonces, cuando no podía escribir individuo porque era preferente la palabra sujeto. Vayan al diccionario, sumérjanse en los villorrios y en el pueblo donde el español rebosa calidez e impulso, escoria sin oído ni ritmo, enterradores de la lengua escudados en un traje ridículo, ¿lecciones del uso del lenguaje ustedes? sigan engañando a su pueblo que ya vendrán las hambres y nadie podrá instaurar el silencio frío de oficina atroz en la sabiduría ancestral del corazón de la palabra)