por Pedro. J. de la Peña


Un dato imprescindible para conocer los mecanismos de la poesía española actual es el hecho de que se articula desde arriba y no desde abajo. Es decir, no es la opinión de los lectores la que selecciona la importancia y calidad de los textos de los poesía de hoy. Tampoco la de los numerosos críticos que trabajan en medios de comunicación de ciudades españolas de mediana importancia. Ni siquiera la opinión de los numerosos poetas cuyo conocimiento del arte se da por sobreentendido. La decisión de quién es un poeta importante en España la toman apenas entre un grupo de dos docenas de personas que figuran como jurados de los premios más sustanciosos, como críticos de los suplementos mediáticos de mayor tirada y como editores de las principales editoriales especializadas en poesía.

No se trata de un grupo homogéneo pero sí interrelacionado por una misma vocación de constituirse en mediadores entre los nuevos creadores y el escaso público que los lee. Por eso, la influencia de esta veintena de personas es determinante en la suerte de casi todos los aspirantes a poetas.

Este hecho peculiar transforma por completo la poesía del siglo XX con relación al inmediato pasado. Todavía en el siglo XlX el éxito literario sí venía refrendado por los lectores. Poetas como José Zorrilla, Núñez de Arce o Campoamor tuvieron decenas de miles de lectores de sus libros y era el público quien decidía su importancia como poetas. En la actualidad, el consenso de no más de treinta personas determina que un poeta figure o no en las antologías, gane o no premios literarios muy fomentados en los medios de comunicación o se instale con honores en las tres o cuatro editoriales que distribuyen los libros de manera suficiente para que sea leído por las escasas dos mil personas que se preocupan de la poesía en España.

La selección es todo lo contrario de una selección natural. No triunfa lo mejor, sino lo que adquiere bendición desde las alturas. Para lo cual, basta muchas veces con agradar a unos pocos mediante recursos imaginables para cualquier observador. Así se empobrece la realidad literaria y campa por sus respetos la manipulación que inunda hoy la poesía española.

Hablar de la última poesía española es hablar, llanamente, de grupos de presión. En la novela todavía existe el mercado y las editoriales tienen en cuenta los gustos de los lectores. Lo que no se vende (la poesía) puede en cambio dirigirse desde unas pequeñas cúspides influyentes que determinan su valor de una manera ajena a los gustos de todos los demás.

En algún sentido, este aspecto puede tener ventajas cuando el acierto de la criba literaria elige adecuadamente. Pero _qué ocurre cuando se equivoca? _Y cuando actúa de mala fé por razones extraliterarias que convierten en bueno lo es, tan sólo, conveniente desde el punto de vista de sus estrategias de perpetuación en el sistema literario constituido?.

Una demostración del acierto y el error la percibimos con toda claridad en la diferencia que hay entre la poesía de los años 70 y la poesía de hoy. La poesía de los años 70 nació realmente de una necesidad de cambio que se producía por la inminente caída del franquismo y por la llegada de una sociedad nueva que representaba unos valores completamente distintos a los anteriores. Era la generación de Mayo del 68 o de Noviembre del 75, si lo decimos en términos españoles, la que se liberaba de las consecuencias da la II Guerra Mundial y establecía un nuevo paradigma que, en el caso español, significaba abandonar las secuelas de la Guerra Civil.

Bajo los auspicios de Carlos Barral y de José María Castellet, se inició un giro que, aun con sus errores puntuales en la selección de autores, describía un hecho incontestable: la poesía social había cumplido su ciclo histórico y necesitaba perentoriamente de un recambio. En realidad, lo que constituyó el punto de unión entre los poetas de los años 70 no fue el ser más o menos _novísimos_ sino su discrepancia a continuar escribiendo como fieles hijos de la poesía de la postguerra.

Abandonar el patriarcado de la poesía del realismo, de los estereotipos de una poesía social que habían marcado los años 40, 50 e incluso hasta mediados de los 60, fue una necesidad que motivó a los jóvenes poetas de aquellos años a buscar un modo de desmarcarse del ascético y severo tratamiento de la palabra utilizado hasta entonces.

Puede decirse que la poesía de los años 70 evoluciona en un proceso similar al de la sociedad y testimonia por eso mismo los cambios generacionales que se producen en sus días. y en eso consiste el acierto del editor y del crítico: haber olfateado una necesidad social que perfilaba un nuevo ámbito potencial de lectores hastiados de la denuncia social.

Posteriormente, el estancamiento de las estéticas de los año 70 viene a producirse a mediados de los años 80, por otro cansancio: el de la reiteración del culturalismo, ya en manos de epígonos de segunda fila.

Es en esa circunstancia cuando debería haberse propiciado un debate imaginativo, novedoso, que buscara una vía de escape al agotamiento estético de la generación del 70. Pero en lugar de eso se elige una línea claramente involutiva, que reivindica la poesía de la cotidianidad trasladando su liderazgo a la Estética de Campoamor. Se abandona así la línea lírica de la mejor tradición española que va de Gustavo Adolfo Becquer a Juan Ramón Jiménez y de Juan Ramón Jiménez a la Generación del 27. Sin asimilar los cambios en profundidad de la sociedad española, se toman como referencia de nuevo a los poetas sociales que habían promocionado la poesía de la I y II promoción después de la Guerra Civil, desde Gabriel Celaya a Jaime Gil de Biedma. Se traslada el tren de viaje de la poesía española a una vía muerta y oxidada por el paso del tiempo.

Aquí, desde el principio, el error es evidente. Llámese como se llame, esa apuesta equivoca el punto de mira porque no confía en una evolución natural de la poética, sino que la impone con argumentos desfasados. En lugar de un avance hacia una renovación, constituye una involución.

Aunque esa involución se plantee como el triunfo de una aparente novedad, de hecho supone un continuismo que no da alternativas a los acontecimientos reales de nuestra historia reciente. Se crea así una poesía del _sistema_ - escogida por la nomenclatura de poetas, críticos y editores antes mencionados - y se abandona toda indagación sobre la realidad subyacente de autores y libros que no han sido bendecidos desde las alturas, empobreciendo así radicalmente nuestro panorama poético.

Podemos hablar a partir de 1990 de dos cosas completamente distintas:
la poesía del _sistema_ y la poesía de la _ realidad_. La poesía del sistema se sobrepone sobre la poesía de la realidad tapándola de la misma manera que la caída de las hojas tapan la tierra durante el otoño. Esto se produce porque el sistema poético en el que nos movemos exige la exclusividad para poder constituirse en tendencia dominante y ejercer así una hegemonía literaria que silencie, desconozca y olvide todo lo que no cabe dentro del juego de sus intereses. La eficacia del procedimiento es evidente a corto plazo. Si todo lo que se promociona, se distribuye y se premia forma parte de una mirada excluyente de la variedad estética, los lectores de poesía pueden sacar la momentánea impresión de que esa poesía es la que tiene calidad y la que goza, consiguientemente, de prestigio externo.

Pero esta apariencia ni es verdadera ni, a medio y largo plazo, resulta sostenible.

Para que la poesía involutiva que se nos ha propuesto pudiera triunfar en un horizonte prolongado, tendría que vincularse no sólo a los apoyos endogámicos internos, sino urdirse en el plano internacional. La realidad demuestra, que precisamente por su insignificancia, por su falta de valor testimonial contemporáneo y por su pobreza argumental y temática, esto no ha sucedido. Las razones son evidentes _Qué puede proponer como referencia del mundo contemporáneo una poesía que se limita a contar las experiencias amorosas, alcohólicas, de droga o gustos musicales de un conjunto de poetas que han ignorado cosas tan evidentes como la caída del Muro de Berlín, la crisis del pensamiento de la izquierda, la llegada de las nuevas tecnologías, o las recientes guerras de religión en las que Oriente y Occidente debaten una nueva hegemonía de modelos de sociedad?.
La casi total ausencia de poetas españoles traducidos a lenguas tan internacionales como el inglés, da muestra del poco aprecio que los editores sienten por ellos, en contraposición a autores como Borges, Neruda, Octavio Paz o Mario Benedetti, que sí han adquirido una dimensión universal entre los lectores de poesía en cualquier idioma.

La poesía española de los años 90, por mucho que se empeñen en decir lo contrario sus cultivadores, no interesa. Y no interesa, aunque ellos se desgañiten afirmando su propia valía, porque no es interesante. Al contrario, es de una simplicidad filosófica aterradora. Se basa en un permanente y manido discurso sobre la memoria, la juventud perdida, el ocaso de la sexualidad juvenil, la iluminación de los excitantes y las proezas en la barra de una discoteca de un conjunto de jóvenes - ya no tan jóvenes - que carecen de discursos personales y de pensamientos de altura. Es un sucedáneo de la _movida_ anterior, que se ha quedado paralizado y quieto en una reiteraciones abusivas de los mismos temas y de los mismos procedimientos para comunicarlos.

Si pensamos en la poesía como una manifestación del estado moral de una sociedad, podemos hablar con toda claridad de la fértil decadencia de la poesía actual. Fértil porque se publican miles de libros, pero decadencia porque en su inmensa mayoría esos libros carecen de la menor importancia.

Son bastantes ya las voces que se han alzado contra esta situación en donde los privilegios de que gozan poetas irrelevantes vengan a condenar al olvido obras de auténtico interés. Y todavía se alzarán muchas más en cuanto se pierda el miedo a hablar ( a fín de cuentas, ganar el Premio _Loewe_ o figurar en la lista de los elegidos para los Premios de la _Crítica_ tampoco es relevante para la calidad de los textos ).

Poco antes de morir, Jose Angel Valente señaló de lleno esa mediocridad de la poesía actual. Incluso de su propia generación llegó a decir que no existía en ella _más que un poeta y medio_ . El poeta murió con él y el otro medio se había muerto algunos años antes. No eran momentos, pues, para mentir. Después, la cosa ha ido a peor. Creemos en sus afirmaciones porque una poesía dirigida, corregida y orientada a beneficio de otros poetas consagrados de la generación del 50, nos resulta epigonal y servil. Los siervos, por bien pagados que estén, no se liberan de su condición de siervos y arrastran con ella la precariedad de su propia obra que es una sombra de otras estéticas pasadas.

Un verdadero creador jamás condiciona su obra a los intereses de otras. Pero la manipulación de la verdad sufrida a beneficio de inventario de grupos muy concretos, no logrará mantenerse mucho tiempo. En primer lugar porque la voluntad hegemónica de la tendencia ahora dominante, es un error de cálculo que ni siquiera beneficia a quienes la promueven. Ese empeño en soslayar y en aparecer como los únicos, empobrece la diversidad y los deja asilados tanto del resto de los creadores como de una parte significativa del escaso público de los lectores de poesía. Los monopolios son aburridos y la gente termina por no consumir el producto monopolizado y marcharse a otro mercado que esté mejor surtido. Cuando el sistema prevalece largo tiempo sobre la realidad acaba ahogándose en su propio desprestigio.

La otra condición del cambio es que la _realidad_ de las catacumbas acaba siempre por imponerse al _sistema_ del poder. Cuando los días de bonanza terminen, un aire repentino se llevará toda esta hojarasca que ahora luce y oculta la riqueza de la poesía que en estos mismos momentos se escribe al margen del grupo dominante.
La mutabilidad de los valores literarias está sancionada por la historia en suficientes ejemplos como para no necesitar una nueva reiteración.

Hoy la poesía española está bajo sospecha. La pobreza de su discurso es demasiado manifiesta para que su eco se prolongue en ondas más allá del pequeño estanque podrido en que han decidido encerrarse. Ha preferido el mangoneo en lugar del diálogo y la hegemonía en lugar de la trasparencia. Son errores que siempre acaban pagándose muy caros.

Habrá quizá una esperanza futura, pero sólo cuando el sistema sea barrido por la realidad. Entonces encontraremos algunas obras dignas que tendrán que decir al mundo algo bastante más interesante de lo que en los últimos años se ha venido diciendo a través de una poesía epigonal, reiterativa y sin ambición, incapaz de constituirse en vanguardia de ninguna estética verdadera.