Pues eso, que este año me subiré una vez más a la ciudad del norte en su Semana Negra. Me atravieso la península en tren estrenando y haciendo patente al fin sin vacilaciones mi creciente manía y mi nuevo pánico a volar manejado por algún piloto ajeno a mi propia destreza. Como novedad decir que conseguí animar al amigo Miki a que mandara alguna cosilla, así que por una vez hay compañero de viaje desde el mismo punto de partida. Se dice que este año el taller lo llevará Carlos Salem, y eso ya era de entrada una razón de peso para mí. Aunque el taller sea luego lo de menos cuando las tardes empiezan a empaparse de sidra al calor de referencias literarias, encuentros inesperados que no se pueden anotar, conversaciones alegóricas cuando el sol flaquea y el cansancio aprieta, en medio de la madrugada y en semejante estado sería natural tropezarse uno por ejemplo de retirada con un tal Joaquín confesándose frente a algún escritor que no sabe apurar la última luz de su cigarro. Además, teniendo en cuenta la situación de crisis económica y derivadas que arrastramos últimamente perderse esta cita por motivos de trabajo precario y temporal o simplemente por comodidad ciega disfrazada en nombre de lo convencional sería un error de bulto, imperdonable, de esos que pasan factura, nunca más. Así que carretera y manta. Viaje sólo de ida, por supuesto. Después de unos días en Gijón dejaremos que el viento nos vaya arrastrando progresivamente de un modo natural e impredecible, direcciones anotadas en una billetera vacía, lugares frescos y sencillos donde abrigar alguna buena historia, quién sabe, igual hasta me da por surfear sobre el cantábrico, montar vacas en los pastos salvajes donde habitan el oso pardo y el lobo o cometer un crimen contra la barbarie hipotecaria.




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