“Durante mucho tiempo, me acosté temprano.”



La mente del poeta está llena de manifestaciones de esas misteriosas leyes; y cuando esas manifestaciones aparecen, cobran fuerza, se desprenden poderosamente del fondo de su mente, aspiran a salir de ella, porque todo lo que debe durar aspira a escapar de todo lo que es frágil, caduco, de lo que esta noche puede perecer o no poder ya salir a luz. Así, la especie humana, cada vez que se siente lo suficientemente fuerte y advierte que tiene una salida, tiende en todo momento a germinar en un esperma completo que la contiene entera. Pero, en el hombre caduco, que acaso muera esta noche, que puede dejar de contenerla plenamente, en él (ya que dependerá de él mientras sea su prisionera) tal vez no sea ya tan fuerte. Pues el flujo de las leyes misteriosas, la poesía, cuando es suficientemente intensa, aspira a escapar del hombre caduco que acaso esta noche puede morir o en el cual (pues depende de él mientras sea su prisionero; y él puede ponerse enfermo, o estar distraído, o convertirse en hombre de mundo, menos fuerte, o consumir en el placer ese tesoro que lleva en su seno y que se marchita en su interior en ciertas condiciones de su existencia, ya que su suerte sigue ligada todavía a la suya) ella perderá esa energía misteriosa que le permite desarrollarse completamente, y que aspira a liberarse del hombre en forma de obras.

Cuando tal energía está en el punto en que aspira a propagarse, veamos cómo se comporta el poeta: teme difundirla antes de tener el recipiente de palabras, o derramarla. Si se encuentra con un amigo o se deja llevar por cierto placer, el pensamiento pierde su energía misteriosa. Si ésta se encuentra ya muy cerca de su liberación -por haber hallado ya algunas vagas palabras-, el poeta, un día en que sienta vivamente su energía, podrá sin duda, repitiéndose las palabras, guardándola acurrucada bajo sus propias palabras, como se guarda bajo la hierba un pez recién pescado, recrearla. Y, una vez que haya comenzado a difundirla, encerrado en una habitación, mientras su mente le arroja a cada instante una nueva forma que animar, un nuevo odre que llenar, ¡qué vertiginosa y sagrada tarea! En ese momento trueca su alma por el alma universal.

Se produce en él esa gran transferencia, y ¿qué sobresalto, si entrásemos de pronto y le forzáramos a ser él mismo! Le encontraríamos con la mirada extraviada, presa de una terrible agitación. Nos miraría sin comprender, después nos sonreiría, ni siquiera se atrevería a decir nada, esperando que nos fuésemos; su pensamiento estaría inerte como la medusa en la orilla, donde muere si el mar no vuelve a recogerla. Podemos preguntarnos por qué se ha encerrado. No encontramos allí al cómplice de un crimen, al que perturbamos, y sin embargo ahí está su mirada extraviada. ¿Qué sucede, pues?, ¿desaparece la víctima en cuanto entramos? No. Es que es sobre sí mismo sobre quien trabaja. En cuanto le encontramos a él, el otro deja de estar; como cuando buscábamos lo que Hyde hacía con Jekyll: cuando estamos ante Jekyll, ni huella de Hyde, y cuando estamos ante Hyde, ni huella de Jekyll. Le encontraremos siempre solo.

Cuando el poeta no se orienta por el hilo de las leyes misteriosas, desde donde siente que una misma vida parte de él hacia todas las cosas, no es feliz. Y, sin embargo, eso ocurre con frecuencia, porque cada vez que busca algo de forma seca -y con un objetiva en el que su persona se ve transportada de dentro hacia fuera-, deja de situarse en esa parte de sí mismo desde la que puede comunicarse, como en una cabina telefónica o telegráfica, con la belleza del mundo entero. Incluso a esa edad en la que ignora esa facultad de su naturaleza -ya que lo que otros llaman placer a él no le proporciona ninguno- se siente muy triste en la vida. Sólo más tarde deja de buscar la felicidad fuera de la perspectiva de esos momentos de exaltación que le parecen la verdadera existencia. De suerte que, tras las ocasiones que ha tenido de dar a luz formas en que su sentimiento de las leyes misteriosas está depositado, puede morir tranquilo, como el insecto que se dispone a la muerte tras haber depositado todos sus huevos. Lo que hace que el cuerpo de los poetas se nos vuelva translúcido y nos permita ver su alma, no son sus ojos ni los acontecimientos de su vida, sino sus libros, donde aquella parte de su alma que quería perpetuarse, por un deseo instintivo, se liberó para sobrevivir a la caducidad. Por eso vemos que, aunque sean notables, los poetas se niegan a escribir sus ideas sobre tal o cual asunto, sobre tal o cual libro; que no toman nota de las escenas extraordinarias a las que han asistido ni de las palabras históricas que han oído pronunciar a los príncipes que hayan podido conocer; hechos, sin embargo, interesantes en sí mismas y que hacen sorprendentes hasta las memorias de las amas de llave y de los cocineros.

Y es que para ellos el escribir está más bien reservado a una especie de procreación a la que son invitados por un singular impulso que les conmina a no resistirse. Procreación que otro tipo de escritos no pueden sino debilitar, aunque los que les han oído opinar sobre tal o cual arte añoren esos textos y los consideren más brillantes que el contenido de sus verdaderos escritos.
(...)

Lo único real para un escritor es lo que puede reflejar individualmente su pensamiento, es decir, sus obras. Ser embajador, príncipe, famoso, no es nada. Que su vanidad de hombre le salga al encuentro puede ser funesto para el escritor, pero quizá sin ello se dejaría o aniquilar por la pereza o embrutecer por el desenfreno o consumir por la enfermedad. Pero, al menos, debería saber que eso no tiene realidad literaria. (...)

¿No significan nada las circunstancias? Hay momentos en que parece que sí. Rodebach dice que Baudelaire fue Baudelaire porque estuvo en América. Para mí, las circunstancias sí suponen algo. Pero cualquier circunstancia es un décimo de suerte y nueve décimos de predisposición.


Libro inédito de Marcel Proust que nunca había sido traducido al español, recoge escritos del autor de entre (1871-1922), editado con el título "En este momento" en él se recogen momentos de lucidez interior, vivencias musicales, experiencias fugaces; impresiones íntimas de escritor o de visitante de museos; imágenes, pequeñas teorías y acontecimientos mimados en la conciencia.


Cuatro ediciones 2005

Incluye prefacio y nota sobre los textos

"En este momento" es una recopilación totalmente inédita y complementaria de otros escritos proustianos.