Como el París de los Cuadros parisienses de Baudelaire o el de Los cuadernos de Malte Laurids Brigge de Rilke, la ciudad es para Trakl más un desierto que una tierra prometida, un desierto agitado, bullente, ruidoso... Lleno, pero vacío.

Un hormiguero de tantas caras que ya son la de nadie, que ya no caben en uno.

Laberinto, pero sin salida.

Un falso laberinto, una, mil, diez mil puertas sin entrada.
Era la conmoción de lo fugaz, el movimiento de lo transitorio...
Un exilio más.

Qué oscura es esta ruinosa ciudad llena
de iglesias y figuras de la muerte.


Así había descrito Trakl a Salzburgo, la ciudad que acababa de dejar atrás. Ahora, recién llegado a Viena, en 1908, Trakl describe así su estado anímico:

Cuando llegué aquí, fue como si por primera vez viera la vida tan clara como es, sin interpretaciones personales, desnuda, sin presuposiciones, como si percibiera todas aquellas voces que tiene la realidad, crueles, penosas. Por un momento sentí algo de la presion que pesa normalmente sobre los hombres y el impulso del destino.

Creo que tiene que ser horrible vivir siempre así, sintiendo plenamente todos los instintos animales que arrastran la vida a través de los tiempos. He sentido, olido y tocado en mí las más espantosas posibilidades y he oído aullar en la sangre de los demonios, los miles de diablos con sus aguijones, que hacen delirar la carne. ¡Qué espantosa pesadilla!

¡Ya pasó! Hoy esa visión de la realidad ha vuelto a hundirse en la nada, las cosas me quedan lejanas, más aún sus voces, y escucho de nuevo con un oído alegre las melodías que hay en mí y mi vista alada sueña de nuevo con sus imágenes , que son más bellas que toda la realidad. ¡Estoy con mí mismo, soy mi mundo! Mi mundo pleno y bello, lleno de infinita armonía.



Hugo Mujica