"La burguesía quería vengarse a la vez de la nobleza y del clero, fiel afiliado de aquella. Por ello nada más tomar el poder prohibe la religión, negando así cualquier posible derecho divino de la nobleza. De cualquier manera la burguesía necesita una moral, precisamente, por cuanto detesta el libertinaje del noble. Así, inventa lo que más tarde llamaría Hegel el cristianismo ateo. Ya no cree en Dios ni en los milagros, desconfía de todo lo que huela a fe ciega, pero sigue yendo a una misa cada vez más vacía de contenido, por cuanto los santos son ya sólo reliquias del medievo y los nuevos por tanto, no son ya más que locos.

De ahora en adelante, a partir del siglo XV más o menos, "al religioso se le tendrá por loco", como decía Giordano Bruno y se le encerrará junto con el libertino (el noble) y el mendigo en un manicomio, institución social que va ahora a substituir al leprosario como lugar de la "part maudite". Es en el siglo XV cuando se produce lo que Foucault llama el Gran Encierre, y allí, en nombre de la filosofía, que es la invención por excelencia de la burguesía para reemplazar con ella a la religión, van a parar unos pobres desgraciados que no saben por qué motivos se confunde la moral - el código que castiga el exceso vital, por ejemplo el lujo de una borrachera o de una sexualidad desviada o plural - con la psiquiatría. He aquí el secreto de por qué Gustav Landauer prefería la edad media, en donde el Concilio de Trento aún no se había sacado de la manga aquellos pecados capitales que cometieron sin falta los monjes y el clero medieval, empezando por la gula para poner el ejemplo más grave en tiempos de miseria y de hambre. Sin hablar, por cierto, de la pereza. La ética de Spinoza, por el contrario, es aquella que trata de comprender más bien que de juzgar, y no es un apriori.

Y es, sobre todo, una ética erótica, que sabe de la atracción entre los cuerpos, o bien, como la de Charles Fourier, de la competencia entre los hombres que resuelve y aniquila a la envidia por medio de la célebre batalla de los pastelitos. Vamos pues camino de una armonía pasional del nuevo mundo, en donde lo único que hay de utópico es que la justicia de Dios, la célebre moral justiciera, se convierte en pura nada, en una violencia que el deporte sublima, sin necesidad de otra cárcel o de otro castigo que la vergüenza de padecer los ojos del otro. El menoscabo del joven Marx y del socialismo utópico que no dividía la ciencia del cielo, ya en las páginas de Fourier o en las de Blanqui, es el menoscabo de la subjetividad o del alma humana siempre rebelde a las cadenas de la materia, a la que puede transformar en espíritu y en ciudad, a la que puede, mientras esa hora final del milenio se aproxima, transformar por lo pronto en belleza, con la pluma o con el pincel que devuelven a la naturaleza su figura."

LMP