Moda moral de una sociedad mercadera.--- Tras el principio de la actual moda moral, "las acciones morales son las acciones de la simpatía por los demás", veo disponer a sus anchas el impulso social de la medrosidad, que de esta forma se enmascara de intelectual. Este impulso quiere, como lo supremo, lo más importante, lo próximo, que se quite a la vida toda la peligrosidad que tuvo antes, y que en tal tarea ayuden todos con todas sus fuerzas. ¡Por eso sólo pueden recibir el apelativo de buenas aquellas acciones cuyo destino es la seguridad común y el sentimiento de seguridad de la sociedad! ¡Qué poca alegría tienen que tener hoy los hombres cuando la suprema ley ética les prescribe semejante tiranía de la temerosidad, cuando se dejan ordenar de forma tan irrevocable, hacer la vista gorda sobre ellos y junto a ellos, pero teniendo vista de lince para cualquier estado de emergencia, para cualquier otra pasión! Con tan monstruosa intencionalidad de limar a la vida todos sus cantos y aristas, ¿no estamos en el mejor de los caminos para reducir la humanidad a arena? ¡Arena! ¡Fina, blanda, rodada, infinita arena! ¿Es ése vuestro ideal, vuestro faraute de las afecciones simpáticas? Mientras tanto sigue sin contestación la pregunta de si se aprovecha más al prójimo saliendo inmediatamente en su auxilio y ayudándole - lo que bien puede suceder de manera muy superficial, si no es que se llega a una intervención y reestructuración tiránicas - o de si de uno mismo se forma algo que el otro ve con placer, como un bello y calmo jardín encerrado en sí mismo, con altos muros contra las tormentas y el polvo de los caminos, pero también con un amable portón.


Aprender soledad. --- ¡Ay de vosotros, pobres bribones en las grandes urbes de la política mundial, vosotros jóvenes, dotados, hombres martirizados de ambición, que consideráis vuestra obligación decir vuestra palabra ante cualquier acontecimiento - siempre acontece algo-! ¡Que cuando levantan tanto polvo y ruido creen ser el carro de la historia! ¡Que de tanto estar a la escucha, de tanto atender al instante donde poder verter su palabra, pierden toda productividad auténtica! ¡Ojalá sean igual de ambiciosos para las grandes obras!; ¡el hondo silencio de la gravidez nunca les llega! El suceso del día les persigue como se aventa la paja, y siguen creyendo ser ellos quienes persiguen el suceso - ¡los pobres bribones!-. Cuando se quiere entregar a las tablas un héroe no se puede pensar en hacer coro, ni siquiera está permitido saber cómo se hace coro.