Esta mañana he descubierto a este autor y ya voy por la tercera de sus narraciones autobiográficas, al fin encuentro una voz propia y original que me engancha, hacía mucho tiempo que no me sucedía y me alegro, al fin alguien con algo interesante que contarme, seguimos....

Así arranca este relato:

A los otros hombres los encontré en la dirección opuesta, al no ir ya al odiado instituto sino al aprendizaje que me salvaría, al ir, contra toda sensatez, muy de mañana, no ya con el hijo del alto funcionario al centro de la ciudad por la Reichenhaller Strasse, sino con el oficial de cerrajero de la casa de al lado a la periferia, por la Rudolf-Biebl-Strasse, no tomando el camino a través de los jardines descuidados y por delante de las artísticas villas, al colegio de la gran y la pequeña burguesía, sino por delante del asilo de ciegos y del asilo de sordomudos y por encima de los terraplenes del ferrocarril y a través de los jardincillos de las afueras y por delante de las vallas del campo de deportes de las proximidades del manicomio de Lehen, a la Alta Escuela de los marginados y los pobres, a la Alta Escuela de los locos y de los tenidos por locos del poblado de Scherhauserfeld, al barrio absoluto de los horrores de la ciudad, fuente de casi todos los procesos judiciales de Salzburgo, y al sótano como tienda de comestibles de Karl Podlaha, que era un hombre aniquilado y tenía un sensible carácter vienés, y que quiso ser músico y fue siempre un pequeño tendero. Los trámites de mi admisión en su establecimiento fueron de lo más breve. El señor Podlaha entró en la trastienda, en la que yo lo esperaba, y me echó una rápida ojeada y dijo que, si quería, podía quedarme en seguida, y abrió la puerta del armario y sacó uno de sus sobretodos y dijo que quizá me estaría bien ese sobretodo, y yo me puse el sobretodo, y el sobretodo, desde luego, no me estaba bien, pero podía llevarlo provisionalmente, varias veces dijo Podlaha provisionalmente, y entonces reflexionó brevemente y me llevó, a través de la tienda repleta de clientes, a la calle y a la casa de al lado, en la que estaba instalado el almacén. Allí debía barrer yo, hasta las doce del mediodía, con una escoba que mi patrón había descolgado súbitamente de la puerta del almacén y me había puesto en la mano. A las doce, él, Podlaha, hablaría conmigo de todo lo demás. Me dejó solo en el oscuro almacén, con su mezcla perversa de olores y con la humedad de todos los almacenes de comestibles, y tuve tiempo entretanto de meditar acerca de todo lo ocurrido. Yo no había dejado en paz a la funcionaria de la oficina de empleo y, en una hora, había conseguido lo que quería, un puesto de aprendiz en el poblado de Scherzhauserfeld, ocuparme de forma útil, como pensaba, entre los hombres y para los hombres. Tenía la sensación de haber escapado a uno de los mayores absurdos humanos, el instituto. De pronto sentía que mi existencia era otra vez una existencia útil. Había escapado a una pesadilla. Me veía ya rellenando de harina y manteca y aúcar y patatas y sémola y pan las bolsas de la compra, y era feliz. Me había vuelto en mitad de la Reichenhaller Strasse y había ido a la oficina de empleo y no había dejado en paz a la funcionaria. Ella me dio muchas direcciones pero, durante mucho tiempo, ninguna en la dirección opuesta. Yo quería ir en la dirección opuesta. Le di un barrido al almacén y, a las doce, cerré, como me habían encargado, y fui a la tienda del otro lado, como habíamos convenido. El señor Podlaha me presentó al dependiente (Herbert) y al aprendiz (Karl), y me dijo que no quería saber nada de mí ni sobre mí, yo sólo tenía que cumplir las formalidades y, por lo demás, hacerme útil. Realmente pronunció de pronto la palabra útil de forma espontánea, sin ningún énfasis, como si la palabra útil fuera una de sus palabras favoritas. Para mí fue mi lema. Había terminado un período de inutilidad, me parecía, un período infeliz, una época horrible. Tenía dos posibilidades, eso me resulta evidente todavía hoy, una, matarme, para lo que me faltaba el valor, y/o dejar el instituto, en un instante, y no me maté y me hice aprendiz. Las cosas seguían adelante. En casa reaccionaron apáticamente (mi madre, mi tutor), y con la mayor disposición para entender y comprender (mi abuelo). Se conformaron al instante con la nueva situación, no hubo ni la discusión más mínima. Al fin y al cabo, yo había estado ya durante muchísimo tiempo abandonado a mí mismo. En ese momento vi claro qué solo había estado realmente. Coger mi existencia y tirarla por la ventana o a los pies de mis parientes hubiera tenido en cualquier caso el mismo efecto. Coloqué mi cartera de colegial, como estaba, en un rincón y no la volví a tocar. La decepción de mi abuelo la supo disimular bien por sí mismo; ahora soñaba con un hábil, gran comerciante, en el que, según él, mi genio podría quizá encontrarse a sí mismo de forma aún más ideal que con cualquier otra disposición intelectual. Echó la culpa de mi fracaso a las circunstancias de la época, al hecho de haber nacido yo en el más desgraciado de todos los períodos, directamente en el abismo, del que, por lo que podía verse humanamente, no había ya escapatoria. De repente los comerciantes eran para él, que durante toda su vida los había odiado siempre y con todo el empeño de su experiencia, dignos de estima, y un comerciante no carecía de grandeza. Por mi parte, no tenía ninguna idea sobre mi futuro, no sabía lo que quería ser, no quería ser nada; sencillamente me había hecho útil. De pronto e inesperadamente me refugié en ese pensamiento. Durante años había ido a una fábrica de aprender y me había sentado ante una máquina de aprender, que me había dejado sordos los oídos y había hecho de mi razón una razón demente; ahora estaba de pronto otra vez entre hombres, que nada sabían de esa fábrica de aprender y no habían sido corrompidos por esa máquina de aprender, porque no habían entrado en contacto con ella. Me gustaba lo que veía ahora, y me lo tomé en serio. Los días en que había cientos de personas en la tienda y en que el sótano era asaltado a las ocho de la mañana exactamente como una fortaleza de comestibles por los hambrientos y los medio muertos de hambre, alternaban con los días que pertenecían a los viejos solitarios y las mujeres borrachas. El sótano como tienda de comestibles de Karl Podlaha era, sin embargo, el centro del poblado; no había allí ningún otro lugar de distracción, ningún hostal, ningún café, sólo los edificios construidos exclusivamente para la aniquilación y el condicionamiento de sus habitantes, con cuya monotonía y repulsividad todo el mundo, cualquiera que fuese su temperamento, tenía que degenerar y extinguirse y perecer. Al sótano iban las mujeres, aunque no tuvieran nada que comprar, absolutamente sin ningún motivo para comprar, una y otra vez, de pronto, casi todas en cualquier momento, por desconcierto, sólo para poder intercambiar unas palabras; era ya evidente cuando aparecían en la escalera de cemento, y totalmente evidente cuando habían bajado y entrado en el sótano, que sólo habían huido de sus espantosos hogares buscando un consuelo, una posibilidad de vivir. El sótano era, para muchas de esas personas del poblado, una y otra vez la única y última salvación. Muchas habían convertido su visita al sótano en costumbre y aparecían día tras día, no era por falta de dinero por lo que, llegado el caso, entraban varias veces al día en el sótano, para comprar una pequeñez, por ejemplo cincuenta gramos de mantequilla, sino porque, de ese modo, tenían la posibilidad de bajar al sótano con intervalos más breves que, según parecía, necesitaban para vivir, y de escapar a su entorno, en muchos casos mortal. Sólo ahora, en esos días de mi nuevo entorno, tenía yo otra vez acceso directo, inmediatamente directo a los hombres, ese acceso inmediato, directo a los hombres no me era posible ya desde hacía años; mi mente primero y luego también mi ánimo se habían asfixiado casi bajo el manto mortal del colegio y las coacciones de su enseñanza, y todo lo que estaba fuera del colegio y sus coacciones no lo había percibido durante años mas que de forma imprecisa, a través de la niebla de lo que se enseñaba. Ahora veía otra vez a los hombres y tenía contacto inmediato con ellos. Había existido durante años en medio de libros y escritos y entre mentes que no eran otra cosa que libros y escritos, en medio del olor enrarecido de una Historia mohosa y desecada, continuamente como si yo mismo fuera ya Historia. Ahora existía en el presente, en medio de todos sus olores y grados de dureza. Había tomado esa decisión y hecho ese descubrimiento. Vivía; durante años había estado muerto. La mayoría de mis cualidades, de las ventajas absolutas de mi carácter, reaparecieron ya en mis primeros días en el sótano, después de haber estado sepultadas durante años y cubiertas por la repugnancia de los métodos de educación, se desarrollaron como por sí mismas en el nuevo entorno, que estaba marcado por una parte por mis compañeros de trabajo de la tienda, y por otra por los clientes como seres humanos o por los seres humanos como clientes y, sobre todo, en la, como observé en seguida, inmensa utilidad de las relaciones de tensión entre esos dos grupos de seres humanos, en medio de las cuales yo realizaba mi trabajo, un trabajo que me agradó desde el primer instante. Como empecé a trabajar como aprendiz en el momento de un anuncio de distribución de víveres, mi trabajo, sólo unas horas después de entrar como aprendiz, no consistió ya en dar barridos y poner orden. Hacia la noche, cuando se hizo visible el cansancio de mis compañeros, fui puesto ya a prueba y vendí, y superé la prueba. Desde el principio no sólo quise ser útil, fui útil, y se apreció mi utilidad, lo mismo que, hasta mi entrada en el sótano, se apreciaba mi inutilidad. (...)


El sótano, Buenos Aires, Anagrama, 1976